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domingo, 11 de agosto de 2013


 
Crisálida I. Óleo en lienzo. 120 x 100 cm. 2012


 
ANTIGUAS PALABRAS / Novela.
 

 

I

 

 

A Damián le dijeron que antes de sus abuelos, a los que no conocía, hubo más gente. Otros pequeños como él también se preguntarían cómo era eso del tiempo pasado, de qué habla la gente cuando dice “antes”.

Había asistido al kínder unos meses, donde le daban una hoja que a diario llevaba a casa, con sus garabatos. Se acercaba el papel a la nariz para oler la cera del crayón. El olfato intenso le permitía darse cuenta de los diferentes aromas de las cosas. Aquellas barras de cera de color con que rayoneaba los papeles se fueron quedando en su memoria y de vez en cuando recordaba las figuras que su madre guardaba dentro del veliz donde había fotografías y documentos. Allí vio retratadas algunas personas que supo eran sus abuelos paternos. A la abuela materna la conocería años más tarde.

 

Cada mañana se encaminaba de la mano de su madre al kinder y al regreso traía una hoja nueva que iría a parar al veliz. Durante algunos meses fue así, hasta que, súbitamente, se irían de la ciudad, cambiarían su domicilio a Pátzcuaro, donde vivía la otra abuela. Corrió a abrir el veliz para ver sus papeles acumulados durante ese tiempo. No estaban ya en el interior del veliz; buscó en los cajones del ropero, bajo el colchón, en otros velices, inútilmente.

En silencio, guardó la esperanza de encontrar los dibujos. A veces, antes de dormir, se acordaba de las hojas, del penetrante olor de la cera y así se dormía. No volvió a verlos nunca más. En el veliz estaban los documentos, las fotos de la abuela paterna, que hacía tiempo había fallecido y el abuelo a su lado permanecía de pie (se decía que era una vieja costumbre). Entonces tenía que hacer un esfuerzo y pensar cómo era aquello de pararse al lado del ataúd de la difunta esposa y tomarse la foto. Incapaz de imaginar siquiera que había un señor fotógrafo que hacía explotar una bombilla para iluminar al tiempo de hacer click en la cámara; tampoco sabía que las cámaras de entonces eran artefactos pesados, con tres largas patas, y que había que llevarlas cargadas hasta el lugar donde se tomaría la foto. Además, el fotógrafo aparecía solamente en ocasiones especiales y no debió ser nada barato hacerse fotos. En las casas había casi siempre la foto de la boda o una en la que aparecían dos caras, la de la mujer y la del hombre de la casa.

 

Damián veía una y otra vez las fotografías. En su interior iba guardando la imagen de su abuelo, de larga barba, blanco, alto y calvo ya, seriamente mirando hacia acá. El pequeño entonces jugaba a ser el fotógrafo. Desde dónde había llegado el que cargaba la cámara para tomar la fotografía que años después miraría quien abriera el veliz, se preguntaba. Olvidó los papeles del kínder y fue acostumbrándose a hablar a solas con el abuelo. Cómo es tu pueblo, hubiera querido preguntar. Su madre le dijo que era el papá de su papá. Luego veía a la abuela, que era morena, mucho más joven que el abuelo. Era la costumbre, decía la madre. La costumbre. Algo que hace la gente repetidamente, siempre igual.

Cerraba sus ojos y parecía soñar con el abuelo y la abuela. Él era mayor que ella y ella había muerto antes que él. Si estuviera presente le preguntaría mil cosas: abuelo esto, abuelo aquello. Y el viejo respondería, se veía en esos ojos claros que era capaz de saber todas las respuestas. No se atrevía a preguntar a su madre, pero preguntaría al abuelo, seguro.

 

Las cosas de antes. Y antes del abuelo, en otras tierras, otros niños habrían preguntado a sus abuelos. Su mismo abuelo había sido un niño preguntón, imaginaba. Lo podía ver yendo tras su padre para querer saber, y antes de aquellos niños otros niños, y más antes otros, como ir hacia atrás en el tiempo. ¿Se podía ir atrás en el tiempo? Terminaba dormido en el piso de la casa. En su sueño se veía caminando decidido a encontrarse con aquel hombre robusto y barbado, altísimo y blanco. Su madre tenía que despertarlo a la hora de la comida, cuando llegaba el padre del trabajo.

 

El arroz mamá lo servía con rodajas de plátano maduro. Se quedaba Damián viendo el plato humeante. El arroz tenía un sabor saladito, caliente, el plátano sabía más dulce así. Ella sabía cuánto gusto provocaba en el pequeño aquel plato de sopa. Le gustaba verlo comer, mirando fijamente las rodajas amarillas. Cuando Damián decía tengo hambre ella contestaba yo también; como jugar, se miraban y ella sonriente le pasaba la mano por los cabellos, esperando que el padre no tardara en llegar. Ella no sabía que el niño pensaba en los papeles que no volvió a ver, tenía él una costumbre que la desconcertaba: andaba callado casi siempre, cuando no estaba platicando con los bichos esos que recogía del llano bajo el estiércol de las vacas que pastaban allá.

 

Otros niños con él hurgaban en el estiércol, hasta provocar que salieran los escarabajos de cuernito y otros que también brillaban al sol con muchos colores. Eso lo había visto en las manchas de petróleo en el piso mojado. Parecía un arcoiris. Los mismos colores en el caparazón de los insectos, en el charco y en el cielo. Para marearse, como se mareaba cuando pensaba hacia atrás en el tiempo, hasta llegar al punto en el que no había sino una vasta extensión que ya no podía entender. Algo que no podía contarle a sus amigos ni a su madre. Cuando su madre le pedía que se quedara a esperar sentado en la silla mientras ella lavaba la ropa, él pensaba en el viejo. Le hacía feliz y hablaba con él en silencio: abuelo, abuelo, mira los colores en los bichos. Era ir hacia atrás, ahora lo sabía, y era sencillo estar sentado en la sillita hablando con el anciano sin que nadie se diera cuenta pues lo veían ahí sentado en silencio pero él se había ido a otra parte.

 

¿Tienes abuelo? Llegó a preguntar a sus amigos. Ellos reían, como si hubiera hecho una broma, reían y corrían empujando un aro de alambre con otro alambre alargado que se curvaba un poco en la punta. Había otros que arrojaban piedras con una honda tejida de cordón de ixtle. Un día quiso probar y sustrajo del chiquihuite de carrizo un fajero de su hermano bebé, una honda perfecta. Ellos tampoco conocían a sus abuelos; correteaban por el llano, alegres. No hacían preguntas.

En los libros que tenía su padre en el librero había uno, grueso, un diccionario. Sin saber leer, pasaba horas enteras viendo los grabados; en una página había un escarabajo, dibujado a línea, sin color. Escarabajo, dijo la madre, ahí dice escarabajo. Ella había sido maestra. Fue señalándole letra por letra, pronunciando los sonidos de cada una. Al inicio de cada capítulo había una plana de la letra. El libro parecía interminable.

Cierto día llevó a casa un capullo de mariposa. Qué es eso, preguntó la madre. No sé, lo encontré pegado a una vara en el llano, dijo él. Duro, brillante, el capullo estaba herméticamente sellado, de una pieza. Quiso tenerlo consigo, pero su madre no lo permitió, de modo que fue a dejarlo entre las hierbas, intrigado por la forma singular de aquello que tenía la textura de la cáscara de los árboles. Un capullo. Abrió el diccionario: Crisálida, estado de pupa o ninfa de ciertos insectos de la clase Lepidópetra.

 

Al día siguiente salió a buscar en el lugar donde lo había dejado y no lo encontró. Poco tiempo después su madre lo llevó a la escuela donde asistía su hermana, llevaba la sillita donde pasaba horas sentado. Allí aprendió a leer y escribir. Cuando emigraron a Pátzcuaro, al llegar a la casa de la abuela todo cambió, no estaba ya el llano sino un bosque de pinos y eucaliptos, patos, gallinas, conejos y dos perros. El aire era húmedo y en verano llovía fuerte. Sabía leer y aún no tenía edad de ir a la escuela, de modo que se quedaba solo mientras los demás se iban por la mañana. No vería más bichos de aquellos sino unos completamente diferentes, que vivían de la corteza de los árboles gigantes. En el recuerdo se alegraba de ver el arcoiris en el lomo de los escarabajos. Abuelo, abuelo, mira cómo brilla el cielo con esos colores. Le gustaba ir hacia atrás en el tiempo, ver el agua que bajaba del monte y preguntarse cómo había llegado hasta allí. La madre solía explicar cómo era eso: llovía, eso era todo. Antes de pasar por la casa el agua caía de las nubes y bajaba desde las partes altas. ¿Y antes de eso? Ha llovido siempre, contestaba mamá. Siempre. Entonces… comenzaba a marearse.

 

Abrir la puerta de malla de alambre para entrar a ver las gallinas producía en su ánimo cierta expectación. Ahí las gallinas dormitaban trepadas en palos o en tablas con algo de paja. Metía la mano bajo estas últimas y sacaba un huevo, blanco, aún tibio; la gallina apenas hacía un ruidito de incomodidad. Otras veces tenía que ir a buscar el huevo entre las hierbas. Anda, ve por unos blanquillos, decía la abuela; él corría a buscar. A veces la gallina picoteaba con furia la mano de Damián. Abuela, no quiere la gallina. Áh, es de pollito, decía. Deja. Pasaban días para que la gallina se levantara del lugar, echada sobre seis o siete huevos que se iban quebrando solos. Damián no había visto eso jamás, como tampoco sabía cómo nacían los escarabajos ni las mariposas, ni los niños, nada. Ver nacer un pollo le pareció turbador, misterioso. Mamá explicaba cómo la gallina ponía el huevo y lo calentaba hasta que nacía el pollo. Una fuerza desconocida rompía el cascarón y saltaba un animalejo bañado en clara de huevo. Así nacían los pollos. A partir de entonces su mayor diversión era seguirlos, verlos de cerca picotear en el suelo imitando a la gallina que emitía ciertos sonidos. Si el pequeño quería tener en sus manos un pollo la gallina lo impedía a picotazos con una furia temible, por lo que optó por observarlos de lejos. Mira, abuelo, le nacieron pollos a la gallina. La abuela puso nombres a cada una de ellas. Gallinas con nombre.

 

¿Y más atrás, abuelo? Hablaba a solas, descascarando el tronco del eucalipto. Más atrás estaba el llano con mariposas volando y aquellos animalitos mansos que al levantar una piedra encontraba con sus amigos. Camaleones que lloran sangre. Llevaba una cajita de cerillos donde ponía uno de ellos. Pero ahora, al abrir los ojos, no había sino el aire perfumado por la hoguera donde ardían hojas secas de eucalipto y agujas de pino. Si Damián pensaba más atrás observaba que no había más que árboles y yerbas, con los conejos corriendo y allá arriba en el cielo las nubes blanquísimas al sol. Más atrás nada, porque aún nadie le había contado de su abuelo escondiéndose de las tropas revolucionarias, nadie le había contado que pueblos enteros se iban a otra parte a vivir y que eso se repetía cada cien años. Cien años. Cómo calcular cien años… Eso era una eternidad. ¿Había algo más? Cómo saber.

 

Una mañana murió la abuela. No había visto eso tampoco. Hasta ese día todo parecía tan estable, tan seguro. Si la madre lo llevaba al templo la veía llorar en la penumbra. Él no preguntaba por su padre ausente; solamente veía que de vez en cuando su madre suspiraba en el templo y lloraba por momentos. El día que murió la abuela vio que su madre no paraba de llorar y vio el ataúd de la abuela en el pasillo. Como cada día, había salido el sol. Lo único diferente era que nadie fue  a la escuela. Ese día no abriría el frasco de tinta china negra para olerla ni movería la malva que desprendía una fragancia única, tampoco iría a esconderse en el hueco entre las raíces del eucalipto o en la hondonada del lecho seco del arroyo. No perseguiría los pollos de tres días de nacidos. Abuelo, abuelo, murió la abuela, mira, ya no se mueve.

 

Buscó el diccionario para ver las letras capitulares, orladas, trazadas con hojas de acanto y con escudos heráldicos. En esas letras silenciosas se detuvo a mirar hacia atrás otra vez, sin lograr entender las lágrimas de su madre ni el repentino cambio en el ánimo de sus hermanos, sus tíos, sus primos. Venía mucha gente a la casa. Todos la conocían, todos querían verla acostada dentro del féretro. Damián no quiso verla y tuvo que aguantar las ganas de correr monte arriba hasta el Mirador a ver el vuelo de las garzas a esa hora. Las páginas del diccionario pasaron en silencio ante sus ojos. Quería llorar al ver a su madre y también quería ver lo que había sido aquella mujer tendida, su abuela, mucho tiempo atrás, sin encontrar la figura, sin conseguir verla creciendo en el cafetal de Jalapa antes de quedar huérfana de su padre que salió a capturar bandidos. Le parecía que la abuela hubiera sabido contarle qué había sido cien años atrás, cómo venía al mundo una niña y cómo se hacía mujer y tenía a sus hijos y luego a sus nietos. Abrirse paso entre la bruma del tiempo con la ayuda de la abuela que ahora no podrá responder a sus preguntas de niño, eso ya no sería posible.

 

Ya la llevan al cementerio. Damián se queda mirando al suelo, trazando líneas inexpresivas en ese suelo marrón que cuando llovía se volvía pegajoso y podía moldearse. Pero ese día no llueve. Los eucaliptos mecen su follaje al menor soplo del aire. Abre nuevamente el diccionario y en la capitular de la letra L encuentra el dibujo de un libro entre el follaje de las hojas ornamentales. Un libro dentro de otro. Pasa rápido las hojas. Esto es un libro, dice en voz alta. Secretamente va alegrándose de entender. El dibujo podría entonces encerrar en algún lugar otro libro, y este otro y… ¡Qué vértigo, Damián!

Estarán sepultando a la abuela, que desciende al seno de la tierra. Justo ahora toca el fondo, mientras Damián cierra los ojos, cansado, durmiéndose en ese preciso instante en que rompen a llorar los nietos y los hijos de la abuela allá en el camposanto.

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