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domingo, 11 de agosto de 2013


 
Crisálida 7. Óleo en lienzo. 120 x 100 cm. 2012
 
 
 
VII

 

Había tenido suerte. Damián sentía en su persona la fortuna de haber sido agraciado con el encuentro de aquellos dos que le dieron a leer su primer libro. Popol Vúh fue para él su ingreso al maravilloso ámbito de la poesía, la imaginación, lo que fue apartándolo de la vulgaridad de la vida. A su alrededor no veía más que pobreza, líos, angustia, envidias, hambre. Nada de eso estaba presente en sus incursiones al orden mítico, sus visitas a la ensoñación de la pintura, las fragmentarias y deliciosas aproximaciones a la primera molécula de aminoácidos, probable origen de la vida en el planeta. Eso era suerte, como si lo hubiera elegido. ¿Puede uno elegir? Algo evanescente le decía que así era, que en algún lado de su espíritu estaba la certidumbre ejerciendo su poder, orientándole a través de las encrucijadas que le planteaba la vida. Podía haber no entrado nunca en aquella librería… pero entró.

 

Hacía mucho que ya no iba hacia atrás en el tiempo. Estaba tan absorto en la lectura y contemplación que perdió de vista ese reflejo. Quizá era que iba encontrando respuesta a sus interrogantes, quizá era que su imagen del misterio se había borrado para dar paso a la de la sabiduría. Aunque intuía que él había elegido sus privilegios, le quedaban girones de superstición que le hacían pensar en la suerte, influenciado al parecer por el ambiente familiar. En las aventuras de Don Quijote se hablaba a veces de la suerte como un lance, como un acto de voluntad, no como un destino; pero, ahora lo recordaba, no era otro el asunto de la mitología griega: el destino humano. Evocarlo le erizaba la piel. ¿Había un destino? ¿Teníamos los humanos nuestra existencia trazada previamente?

 

-¿En un libro?- se preguntaba en voz alta.

 

Quiso saber. Notó que la mayoría de las personas se encomendaban a Dios en los trances definitivos y ante lo incomprensible. Dios quiera, decían con frecuencia sus vecinos. Cuando salía a caminar lo escuchaba, en la radio lo escuchaba. Dios tenía la voluntad, la gente no. ¿Era Él dueño del destino? No estaba tan seguro. Dios era como una muleta en el caso de los cojos; unos lentes, en el caso de los ciegos, pan, en el caso de los hambrientos; justicia, en el caso de los humillados. En algún lugar había escuchado eso hacía muchos años. Estaba dondequiera. Si hubiera un destino… qué caso tenía entonces esforzarse, qué importancia tenía tanta obra de arte a lo largo de veinte siglos. No, no le convencía esa indolencia de sus semejantes. ¿Todo está escrito? ¿También este momento de incertidumbre?

 

-En unos naipes- dijo su madre. –Ahí está el destino.

-¿De todos, mamá?- preguntó.

-Del futuro, sobre todo- respondió con aplomo ella.

-¿Qué naipes?

-En el Tarot.

 

Esa noche fue de insomnio. Había gente que acudía a saber su destino y pagaba por ello. Más simple no podía ser. Llegas a la casa donde hay unos naipes, pagas y te dan el vaticinio. Nunca antes había escuchado hablar de tales naipes, hasta un día que sus amigos le invitaron a jugar a las cartas; apostaban en la banqueta y repartían las piezas de cartón que llevaban impresa una figura a color. Eran los naipes. Pidió saber su suerte. Sus amigos rieron de buena gana.

 

-Para eso tienes que ir a ver a la bruja.

-¿Qué bruja?- preguntó vivamente.

 

Las únicas brujas de que tenía noticia eran las de Los Caprichos de Goya y, francamente, no deseaba encontrarse de cara con un esperpento de esa naturaleza en ningún momento. El decir popular era que volaban montadas en una escoba, a la media noche. Quién se iba a tomar la molestia de salir a verlas pasar. Pero no era de ese tipo la bruja aludida, sino la vecina que poseía un mazo de cartas de Tarot, respetada, temida, admirada por la colectividad.

 

Su mamá había dicho la verdad. El Tarot era real y, con toda seguridad, muchas cosas se ordenaban en torno a su lectura. Invariablemente quienes acudían a su lectura eran señoras, por lo que había cierto comportamiento entre ellas que parecían compartir un secreto. Ellas querían saber y el camino más directo era el Tarot, a cualquier precio.

 

Lejos estaban los días en que Damián repetía caminando algunas estrofas del poema Popol Vúh. Había cambiado su línea de intereses. Apenas se daba cuenta. Con cierto desencanto veía lo insípido que se había vuelto el sentido de su búsqueda, que iba a parar al terreno de la superstición. No sabía de qué otro modo llamar a la pobreza con que las personas enfrentaban lo que llamaban el destino. Una mujer tenía en sus manos los hilos de la existencia de toda la comunidad. ¿En qué estaba basada la sabiduría del Tarot? Era mucha su intriga ante la posibilidad de saber su futuro de manera tan sosa, fácil y sin poner nada de su parte, nada. Le resultaba absurdo conceder validez a la sola tirada de cartas para conocer lo inminente, después de haber conocido la inconmensurable belleza de un poema que hablaba del destino de los antiguos mayas, después de imaginar los millones de años necesarios para que los gases metano, hidrógeno, amoníaco y oxígeno produjeran una gota de agua donde aparecería la vida. Sentía un nivel de indignación suficiente para negar cuanto se decía del oráculo del Tarot.

 

Pero el Tarot era hermoso. Sus cartas estaban elaboradas con la delicadeza y elegancia de una obra de arte. Parecía haber sido elaborado por consumados artistas de una época similar a la era de los vitrales de las primeras catedrales góticas. Resultaba congruente. Damián asociaba la vestimenta con la época de las artes anónimas. Serían quizá los primeros grabados, quizá coloreados a mano. Setenta y ocho naipes contenían el destino para quien quisiera probar, tentar al demonio. Veintidós de estos naipes eran la clave, el resto era mero complemento. Así iba la vida en su barrio, que empeñaba el ánimo en la lectura azarosa de unas cartas ilustradas, barajadas por las manos diestras de una mujer como cualquier otra… aparentemente.

La casa de la mujer estaba concurrida a diario; se formaba una fila que daba a la calle. Todas mujeres. Algunas con una tacita de café humeante. Parecía muy exitosa. Damián contemplaba a sus vecinas alineadas en espera de turno. Resultaba comprensible para él aquella ansiedad por saber lo que ocurriría en unos días más con sus vidas. Como a Dios, ellas delegaban en el azar el rumbo de sus vidas, incapaces de reconocerse a solas ni entre sí. Mujeres había que al salir se quedaban a charlar con las demás, de manera que aquello parecía una reunión de comadres que se compartían recetas, chismes, saludos. Venían de otros barrios y algunas llevaban a sus hijos, que terminarían amistándose con él. El secreto obedecía a que no se enterara el párroco de la Colonia.

 

Muy bello el Tarot. Las veintidós cartas principales se llaman arcanos, que significa secreto. Tirar las cartas con fines adivinatorios constituye la cartomancia. Difícilmente alguna cartomanciana sabe esto, que Damián había encontrado en otro diccionario. Se preguntaba si la gente, luego de sus consultas a las cartas aquellas lograba resolver sus problemas económicos, emocionales, espirituales, de salud. Suponer que el destino venía predicho en las cartas le parecía una locura. O tal vez no sabía interpretar el bienestar que las personas obtenían de una consulta a unas cartas que para él eran diseños producidos por una imaginación delirante, fantasiosa, tan fantasiosa o más que la demencia de Don Quijote o la mayoría de pintores cuyas vidas había leído en la Historia del Arte. Aunque no se le ocurría consultar a la Gioconda o a Fra Angélico acerca de su futuro de niño, además de que no comprendía del todo la utilidad de conocer el futuro con anticipación. Saber que mañana saldría el sol no precisa de una consulta de cartas, ni pagar porque le digan a uno que crecerá y se hará hombre, o que los vecinos te envidian. Lo que Damián no sabía es que en su mayoría las mujeres querían saber de sus maridos; eso era todo, ese era el secreto que guardaban entre sí aquellas que iban amontonándose a la puerta de Inocencia, que así se llamaba la bruja, a quien nadie vio nunca volar trepada en una escoba o transformarse en una bola de fuego y ascender a las nubes.

 

También la radio predecía el futuro a través de Zoraya, personaje imposible de conocer sino a través de la sintonía; esta anunciaba los doce signos zodiacales, correspondientes a períodos casi coincidentes con los meses del año. A Damián le parecía que sería más prudente y económico dedicar unos minutos a lo que decía la radio en voz de Zoraya, en lugar de ir a dejar la plata con Inocencia. En todo caso, la primera aludía a la influencia de los planetas, de la luna, del sol, lo que hacía más imaginativo el juego. Porque era un juego ¿O no? Para la mayoría no. Era tan serio el asunto que si a alguna de las mujeres consultantes le decían que el marido le era infiel con la comadre, de inmediato se armaba el zafarrancho. La ofendida iba a romperle la cara a la comadre y, claro, el marido de la comadre intervenía, lo que provocaba que el de la agraviada a su vez… y para de contar. Alguna responsabilidad tendría la cartomanciana en los pleitos del barrio, algunos cruentos y trágicos, así como en la fortuna cuando esta aparecía, cosa por demás rara. Damián se divertía viendo el culto que se profesaba por Inocencia, a la que llevaban algún plato de comida en muestra de agradecimiento por algún bien recibido, pero jamás se le culpaba de las trifulcas cotidianas.

 

El juego del Zodíaco era más relajado. Bastaba con sintonizar la radio a las ocho de la mañana y ya se sabía que entraba la Sherezada de Rimsky-Korsacov como preludio del oráculo astrológico del día. Aries, decía la voz varonil, seguida por la dulzona entonación de una voz femenina recitando la predicción de los astros. A sus doce años, Damián sabía reírse de aquello tan solemne; aunque percibía el interés poco discreto de mamá. Mientras las personas perseguían el futuro se les iba el presente. Francamente irrisorio. Siempre pensando en lo que será, no en lo que es, de modo que se cometen tremendos disparates en pos de algo inalcanzable y sin sentido. Mientras llega el futuro viene el presente y tuerce todo hacia ninguna parte; tal vez debido a eso es que no daban pie con bola los supersticiosos. Te dicen te sacarás la lotería, tres millones, y te sientas esperar con tu boletito, entretanto ocurren mil  cosas que no aprovechas porque estás esperando tu premio.

 

-¿De qué te ríes?- decía El Orejas, uno de sus amigos.

-Del horóscopo- contestaba Damián.

-¿Qué tiene de gracioso?

-Lo inventan. Cada día lo inventan y, si te fijas, cualquiera puede hacer una cosa así.

-No. Te burlas. Para muchos eso es serio.

-Para mí no.

-Te sientes superior.

-No. El horóscopo dice lo que va a pasar, y pasan muchas cosas aunque no sepas tu horóscopo.

-¡Tú que sabes, hombre!

-Nada. No sé nada. Pero me doy cuenta de que es una tomadura de pelo.

-Estas jodido…

-Tal vez, pero no tanto como quienes creen en un programa de radio.

-¿Dices que la radio miente?

-Ahá. Como miente Inocencia, pero esta es más cara. Es el colmo. Pagar por que te mientan.

-¡Qué jodido estás, Damián! Mejor me voy, antes de darte una chinga.

 

El Orejas sabía lo irritante que sería llevar las cosas a los golpes. Cuando no hay más palabras es inevitable, y era claro que él no tenía manera de sostener sus escasas palabras; quién sabe de dónde diablos sacaba Damián que Inocencia mentía. Tal vez la radio, pero ella… Iba rascándose la cabeza, tratando de entender en qué fundaba Damián su certeza. De cualquier manera, eran amigos, habían crecido juntos, jugaban juntos. Tal vez la escuela había hecho así a Damián, siempre burlándose de todos. Se sentía bien de no ir a la escuela, para qué, qué caso tenía. Así era El Orejas, uno de sus amigos más leales, trabajador, peleonero y pobre, como todos en el barrio.

 

Para Damián era rutina. Dejaba de leer para salir a platicar con sus amigos, jugar futbol o decir piropos a las niñas en la esquina. Una de ellas, aceptando el piropo le llamó aparte para preguntar por su signo zodiacal. No lo sé, mintió él. En qué mes naciste, decía la niña mirándolo fijamente a los ojos. Nunca antes la había visto así, tan de cerca; era bonita. De febrero. Tauro, gracias. Al darse la vuelta para irse dejó un aroma suave, resultado de la impresión que le causó verla tan de cerca. Era tímido, aunque sentía atracción por esa niña intrépida. Tauro. El Zodíaco son los doce nombres de las constelaciones que nombraron los antiguos caldeos, más viejos que los griegos. Tenía mariposas en el estómago, en todo el cuerpo, temblaba. Te gusta, le decía El Sapo. Es bonita. Era insólito que una niña así lo buscara con ese pretexto, incómodo. Eres Tauro, y eso que no crees en esas cosas, iba gritando el amigo mientras se alejaba, dejándolo con los ojos de la vecina metidos muy dentro de su ánimo.

 

En la mesa del comedor no hizo más que pensar en Luz María, la niña preguntona. ¿Sabría ella algo acerca de las constelaciones? Asirios, caldeos, babilonios, habían organizado las figuras contemplando la noche. Mirar el cielo en busca de alguna orientación ante el aparente caos pudo ser la manera de sentirse seguros de la comprensión de los ciclos de la existencia. Las antiguas culturas habían dejado los nombres y la posición exacta de las estrellas, algunas de las cuales se irían apagando con el paso de los siglos. ¿Había un poema, un  libro, algún relato de aquella gente? Damián buscaría afanosamente. Pediría en la Biblioteca pública libros de historia, preguntaría a sus maestros. En el cielo estaba la constelación del Cangrejo, cuya piedra preciosa es la esmeralda; Tauro, cuya piedra correspondiente es el topacio, según los astrólogos, que sostienen la certeza de la influencia de los astros en el momento del nacimiento de cada quien. El atractivo de la astrología es su parecido a un juego de niños. Naciste en septiembre, entonces estás bajo la influencia de Venus, tu personalidad se rige por el equilibrio y la armonía, tu elemento es aire. ¿Será? Y la niña Luz María qué signo será…

 

Cierra sus ojos y la ve. Eran amigos, aunque no había tenido ocasión de verla tan de cerca. Turbadora la aparición de esos ojos cuyas pestañas crespas le daban un aire de alegría, aunque era más bien parecida a él, seria. Se había animado a hablarle en la calle. Inquietante. Parecía sentir un dolorcito suave en la garganta. ¿De eso hablaban los adultos, señalándolo? Luz María, qué nombre. No se haría una guerra a causa de ese nombre de mujer. Helena había sido raptada por Paris de Troya y eso desencadenó mil batallas con los griegos. No, Luz María parecía serena, reservada, solitaria. De su misma edad, tenía la presencia de alguien mayor, mucho más madura. Se había enamorado. En sus búsquedas, en sus momentos más jubilosos, en sus descubrimientos, no había sentido dentro de sí el surgimiento de una emoción tan poderosa que le haría afirmar su vocación y mantenerse firme contra todo lo que se opusiera a entregarse al dibujo. ¿Es eso el amor?

 

-Mamá…

-Dime, hijo.

-No, nada.

-Dime.

-…- en las pupilas de Damián había lágrimas, aunque sonreía. Se llora de felicidad, pensaba. Estoy llorando de felicidad. Pienso en Luz María y me duele el pecho de tal manera que me hace sentir como si despertara, como si no fuera yo mismo, como si tuviera otra voz, otra manera de entender; no hay manera de preguntar a mi madre lo que seguramente sabe. Viene y me pregunta si estoy bien, me acaricia los cabellos, me habla de cuando era joven, me muestra fotografías en las que luce guapísima. Mi madre lo sabe.

 

Sonreía. Había un brillo peculiar en sus ojos y una extraña alegría cuando platicaba con sus amigos, con sus hermanos; cantaba. Era otro. Había visto en los ojos de una niña un pasadizo que le conduciría a un campo desconocido al que ya no renunciaría nunca más. Eso ocurre, ese día llega para cualquiera. Se abandonaba al nuevo sentimiento como una barca suelta en altamar y ponía un mayor empeño en sus clases, sus exámenes, sus dibujos, sus lecturas. Hubiera querido ver a los viejos de la librería. Esa tarde salió a buscarlos por la ciudad; en algún lugar estarían. Recorrió el centro durante días enteros y no los encontró. Parecía una mala broma de la vida. Ellos entenderían lo que le estaba ocurriendo a sus doce años y sabrían decirle alguna palabra que le hiciera aplacar esa euforia que no cabía en su pecho.

 

Una y otra vez serían sacrificados, escarnecidos, defenestrados, arrastrados hacia lo más hondo de la noche, humillados por sus propios animales, ahogados con su propia sed, sumergidos en el limo.

La luz generadora iba acomodándose en todos los seres; en el haz y el envés de las hojas, sobre la superficie bruñida de las rocas, en la cresta de las olas, en las alas de los insectos.

 

Recordaba los versos del poema, sin relación aparente con su estado de ánimo. Quería creer que había algún punto en el que se cruzaban las palabras escritas con ese corazón trepidante en que se había convertido Damián. Entraba a su casa, se miraba en el espejo, sonreía en el espejo, esmeraba su peinado, limpiaba sus zapatos, ayudaba en las labores a su madre, lavaba su propia ropa y aprendía a preparar la comida. Su madre sonreía. Lo que hace el amor. El niño comenzó a interesarse por las noticias del día, a leer las revistas que el hermano mayor llevaba a casa. En una pudo ver la foto de Ernesto Guevara, asesinado por el ejército en Bolivia. Peleaba aquel hombre por una causa ajena, decía en el pie de grabado. Por aquellos días había gritos y protestas en la Calle Real. Habían matado a un estudiante universitario, el ejército. Era 1967. No olvidaría la foto de LIFE en español: Ernesto Guevara, inerte en una plancha, deshecho su uniforme de combatiente; el hombre que luchaba por otros, semejante a un Cristo, fotografiado después de muerto. Impresionante. Porqué luchaba, por qué se hacía matar.

 

Hay muertes que animan a pueblos enteros. Era el caso del argentino, apodado El Che. En pocos días apareció pintado en las calles principales de la ciudad EL CHE VIVE. Damián sabía que no, que la muerte del Che tenía una raíz muy honda en un mundo injusto, pero estaba ausente ya. Guevara no vería las barricadas de 1968 en París, ni la carnicería en México. El Che había trascendido a símbolo continental, el niño aún no lo sabía. La muerte de aquel hombre le conduciría a otras preguntas. ¿Qué mundo vivimos? Mamá no respondía. Su padre le miraba desde sus ojos claros y en él podía medir el desconcierto, la estupefacción de quien no sabrá responder sin admitir que el mundo había cambiado y ese cambio significaba callar, admitir que nada sabía del nuevo rumbo. ¿Todo por un hombre muerto en Bolivia? Ese era el caso… y no se trataba del Che, sino de la revelación de que nos habían mentido, decía para sí Damián. La búsqueda de la sabiduría también tenía senderos sangrientos, tristes, decepcionantes. Justo ahora que andaba con mariposas en el vientre.

 

-¿Te gusta leer?- preguntó a Luz María.

-Sí.

-Quiero regalarte este libro que es muy valioso para mí, aunque parecen hojas sueltas- dijo, al momento de poner en sus manos el poema Popol Vúh. Le explicó cómo llegó hasta él, le habló de la pareja de viejos, de la librería, del libro de Gombrich, de Don Quijote, de sus dibujos, del Tarot, del Zodíaco.

-¿Qué signo eres?

-Cáncer.

 

Casi grita de alegría. No se sabía supersticioso, pero estaba emocionadísimo de la asociación. Decían los astrólogos que era su pareja perfecta. Lo que hace el amor. No había estado tan elocuente en su vida. Luz María sonreía. Tenía esa manera de entrecerrar los ojos al hacerlo, permitiéndole contemplar lo largo y rizado de sus pestañas. Temblaba la niña, no podía disimular. Se marchó corriendo. Alcanzó a decir te veo más tarde. Damián sentía un secreto orgullo por haberle confiado el poema a Luz María. No esperaba que lo leyera, que lo comprendiera, ni siquiera que lo conservara; para él era vital entregarle algo preciado, significativo, simbólico, en muestra de una gratitud que no podía externar de otra manera, no podía decirle nada más de lo que había dicho. Se desprendía de algo valioso sin ninguna pretensión sino la de dar algo que era fundamental, imprescindible, único.

 

Luz María, iba diciendo al llegar a casa. No se daba cuenta de las lágrimas bajando ni de la sonrisa de que era portador. Por qué lloras, preguntó su madre. No madre, nadie ha muerto, sino lo contrario, alguien ha despertado a la vida, le gustaría decirle, abrazarla, besar su mejilla y seguir llorando. Un niño insoportable que lloraba al ver la imagen de una ánfora griega, una escultura de Buonarroti, un relieve sumerio. Qué será de este niño, bien decía la abuela que había fallecido y no parecía importarle a todo un continente. Luz María, Luz María, mamá lo sabe, estás leyendo mi corazón en esas páginas. Con la noche, Damián quiso recordar los versos del poema que ya no volvería a ver entre sus pertenencias.

 

Los Señores del Cielo volvían a intentar la creación de los primeros hombres mientras la tierra se poblaba incesante.

Los Señores pensaron.

Enmarañado entre los hilos de la vegetación y el clamor de las aves en vuelo se iba dibujando el linaje humano.

La selva comenzaba a extender sus corolas.

 

¿Hay algo más hermoso? El linaje humano. Resultaba difícil aceptar que el linaje humano, cuyo espíritu había escrito ese poema, fuera también capaz de liquidar el anhelo de libertad de un continente. No éramos libres y no lo sabíamos, hasta que un hijo de vecino levantó su bandera donde iban escritas esas palabras: no somos libres. Una corola de la selva, abriéndose y apagándose al instante. Más perduraba el eco del poema en su pecho enamorado que el grito silencioso de Guevara en la página de LIFE en español. O sería que sentía cierta pena oculta de no entender la posible comunión de todo un continente ante la pérdida de una esperanza. Liberar a América Latina. ¿De qué? Era dramático, realmente dramático, tener que aceptar que en la foto de la revista estaba una persona que no tendría más oportunidad de amar a nadie pues era su amor por una muchedumbre anónima lo que le había llevado a la muerte. Difícil de entender. Había un continente repleto de personas imaginando el futuro, sin tener que acudir a las cartas del Tarot, los signos del Zodíaco; un futuro cercenado de golpe, al hacer click a la Leika que había captado el instante en que subirían a un helicóptero el cadáver del Che. ¿Lo entendería Luz María? Al caminar rumbo a casa desde el jardín de Villalongín advirtió a varios muchachos lavando una pared. Che is alive, decía en el muro, con chapopote.

 

-Vente a comer, hijo.

-Voy, mamá.

 

No tenía hambre. Las verdades de los últimos días se habían llevado su apetito. Ahora ponía en una balanza imaginaria los últimos sucesos que parecían ocurrir ante sus narices, como también las cosas invisibles que comenzaban a doler a la manera de las piedritas que a veces se cuelan dentro del zapato y no puedes caminar. Se acercaba a la mesa y comía en silencio, meditando en la irrupción de las noticias en primer plano. De noche solía sentirse pequeñito al contemplar el cielo estrellado y se iba a dormir con la sensación de entender cada vez menos, de saber menos, como sus vecinos. Su desconcierto le molestaba y tenía accesos de irritación que le avergonzaban. Hasta esos días había sido un niño callado, cumplido, inteligente, listo para servir a quien le necesitaba. Y dormía poco, de modo que decidió levantarse descalzo de madrugada… a dibujar. El dibujo le producía un estado de calma inmejorable, convirtiéndose en hábito; en su desvelo aún sonaban los versos del poema.

 

Esta es la historia de los gemelos Hunahpú e Xbalanqué, que tuvieron que probar su linaje ante los soberbios, a quienes derrotaron en el juego de pelota.

Arribaron al mundo por acuerdo de los abuelos creadores.

Hunahpú trajo una cerbatana, con la que era diestro y caminaba entre los árboles y las bestias en busca de los soberbios, en compañía de su hermano.

Su cerbatana le procuraba alimento y seguridad.

 

El tiempo mítico, había leído en alguna parte. El tiempo sin medida posible. Dilatado como el arrullo de mamá cuando era bebé, así sería el tiempo mítico que daba vueltas en espiral, repitiéndose. Las historias cambiaban y parecían las mismas. Con nuevos ropajes en el presente suponía la existencia de un par de gemelos en busca de los soberbios. Qué carajo era la soberbia, se preguntaba impaciente. Arrogancia, vanidad, etc. Sentirse superior a los demás. Justo de lo que le acusaban en el barrio. Bien podría ser él uno de los personajes del poema, de los soberbios. No tenía conciencia de su arrogancia y tal vez no andaban errados los vecinos. Más que los demás. Sabía más que muchos de ellos, pero le era difícil detectar su soberbia. Lo contrario era la humildad. No le molestaba ser considerado vanidoso; en el fondo no se sentía capaz de humillar a nadie. Pero quién sabe… Le hubiera gustado ser uno de los gemelos primordiales.

Parecía entender el tiempo mítico, que siempre está volviendo, como las aguas del mar. Y pensaba en el mar, a donde no había ido aún. Y sentía el mar en su pecho, incesante. ¿Luz María estará leyendo el poema antes de dormir? Ojalá.

 

La niña cepillaba su pelo antes de acostarse. No leía el poema. Leía la noche como un vasto silencio en el que alguien se acercaba a preguntar su nombre y ella elegía llamarse Estrella de la Mañana, para ver resbalar dos lágrimas. En el sueño quería ver quién preguntaba y alargaba la mano para apartar la bruma. Luego se disolvía la imagen para dar paso a páginas flotando en el aire, mecidas por una música desconocida.

 

-Es un chelo- dio Damián.

-Qué es eso.

-Instrumento de cuerda

-¿Como un violín?

-Más grande. Como el tololoche.

-¿Eso sonaba en mi sueño?

-Con seguridad.

-¿Cómo lo sabes?

-También escucho la radio, no la misma. Hay conciertos y te informan.

-¡Un chelo!

-Se escribe cello.

-Sonaba en mi sueño…

 

No decía simón, como todos en el barrio. Tenían razón. Era arrogante. Sabía de instrumentos de cuerda. Si preguntara a quien pasara en ese momento no sabrían responder. Hablaba de cosas tan extrañas, pensó Luz María, que a veces no entiendo nada de lo que dice. Por qué no será como los otros. No, mejor así, los otros ya se emborrachan, ya fuman, ya fornican, son violentos y no saben decir un solo piropo. Mejor así.

 

Mucho tuvieron que hacer para acabar con los soberbios.

Tucanes y quetzales miraron pasar a los hermanos parlanchines y juguetones, semidesnudos, incansables.

El camaleón les vio llegar hasta el centro mismo, húmedo y caliente, del bosque.

Iban y venían, con la idea de encontrar a los que tanto preocupaban a los Ancianos del Cielo.

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