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domingo, 11 de agosto de 2013


 
Crisálida 3. Óleo en lienzo. 120 x 100 cm. 2012


 
III

 

En el barrio de la Colonia Obrera los días son simples. Los niños juegan en la calle de tierra, los padres salen a trabajar. Hay perros que deambulan. A veces llueve. Alguien fallece. Nace una criatura. El tiempo de vacaciones es amplio. Quién piensa en leer libros. En la radio se escucha la radionovela. Algunas personas se reúnen en torno a un aparato de transistores, semejante al que lleva encendido el albañil en el portabultos de su bicicleta. Atentos, a veces ríen. Mueven el botón de las frecuencias y cambian de estación. Cantan. Hay personas que cantan acompañando la música del aparato. Alguna señora asoma a la puerta de una casa para llamar al desayuno. Trata de acostumbrarse; internado, la convivencia con otros cuatrocientos niños era diferente, sin perros callejeros, sin mamá llamando a desayunar. Conoce poco a las personas que viven en su calle. Su diversión, cuando no estaba dibujando, era fabricarse un papalote con alguna bolsa de polietileno y correr a elevarlo a lo largo de la cancha de futbol; también le gustaba rodar por el pasto cuesta abajo y trepar al pasamanos. Las vacaciones le permiten salir de casa temprano, conocer la ciudad, caminar por sus calles, desayunar, estar con sus hermanos. Cada fin de año volvía a su barrio mientras estuvo internado. Ahora es diferente.

 

Lee mucho. Piensa en el mar, origen de la vida, y las diatomeas. En algún libro de Stevenson se encuentra con la imposibilidad de los marineros de mantenerse en pie en tierra firme; beben hasta perderse porque la borrachera les recuerda el movimiento del mar. Qué será el mar allá lejos de la costa, donde ya no se ve la silueta del puerto y las ciudades son imágenes cambiantes, borrosas; qué pensará el marinero flotando en el océano si no sabe que ahí se originó la vida ni tiene idea de las algas microscópicas unicelulares, cómo es el silencio del mar si está en constante movimiento. Damián es una cabeza hirviendo de pensamientos, ahí sentado en el quicio de la puerta. ¿Las personas piensan tanto?

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