Páginas vistas en total

domingo, 11 de agosto de 2013


 
Crisálida 2. Aguafuerte en zinc. 28 x 21 cm. 2013
 
 
 
XI

 

Ingresaría a la Preparatoria al filo de los quince años. Esa tarde bajó a buscar a Luz María. No logró verla. Tenía la intención de hacerla su novia. Sus padres habían sido vecinos suyos, lo conocían. Volvió al día siguiente y la pudo ver. Caminaron por su barrio, sonrientes. Los padres de ella no estaban en casa, de manera que volvería otro día.

 

-Ven el jueves, por favor- le pidió ella.

-Bueno.

- ¿Entrarás a la Prepa?- preguntó, curiosa.

-Sí. Finalmente entraré a la Prepa. Quería estudiar pintura, pero solamente en la ciudad de México es posible- dijo él mirando el suelo. -¿Vives contenta aquí, en este barrio?

-No. Por eso iba a ver a mi abuelita cada tarde, hasta que mi madre me lo prohibió.

-¿Por qué?

-No lo sé. Tal vez tuvieron problemas. Mi padre está enfermo.

-¿También tu padre?

-Sí. ¿Cómo está el tuyo?

-Sigue las indicaciones del médico. No caminará más-. En sus pupilas asoman lágrimas.

-¡No es posible!

-Por desgracia, así es.

 

No se animó a devolver el beso de la tarde anterior. Estaba abrumado por el cambio de rumbo que tomaba su vida. Cómo seguir dibujando. Decaía su ánimo. Se levantó para despedirse. Ella preguntó ¿Vendrás mañana? Movía la cabeza Damián, asintiendo. No pudo contener las lágrimas. Era demasiado, ella expectante y un rumbo desconocido. Hasta ese día no había sido necesario tomar una decisión. Volvió el rostro. Allí estaban los ojos de Luz María esperando algo más. Te quiero, alcanzó a decir al momento que abrían la puerta de la casa, llamándola desde dentro de la casa su madre.

 

Ella movía su mano a lo lejos. Vienes mañana, gritaba. Fue la última vez que la vio. Ingresó a la Prepa. Apenas quedaba tiempo de estudiar, cuidar a su padre, ir a la escuela, ayudar un poco a su madre. De vez en cuando El Oreja iba a visitarlo para llevarle saludos de la muchacha. Hace muchos años de aquella despedida. La recuerda con alegría. Tampoco pudo dibujar su cara. A veces se pregunta si escuchó las últimas palabras aquella tarde, las palabras más tiernas que alguien ha pronunciado.

 

Las raíces del árbol se hundían hasta el centro de la tierra.

A través suyo vendrían los gemelos inspirados.

En el tronco del árbol dormía el cuerpo del ancestro inmolado por los señores del infierno.

El árbol perduraría como sagrado, en memoria de la desobediencia de ella.

Su nombre es inolvidable: Xquic.

Ella estaba feliz.

Empezaban a asomar los luceros de la tarde.

 

Los versos del Popol Vúh persistieron por muchos años en su memoria. Se convirtió en un pintor esmerado. Realizó quince vistas del poema, como los quince fragmentos de texto, que guarda en su computadora. Sabe que luz María perdió a su padre. Vive en Morelia. Lo que no sabe es si algún día sus destinos se encontrarán nuevamente. Constantemente escribe, escribe, escribe, gracias a las antiguas palabras de unas hojas sueltas que le entregara la mujer de una librería que ya no existe. La ciudad ha crecido muchísimo, aunque él sigue aferrado a vivir en el centro. Ha viajado a otras ciudades, pero regresa siempre. Caminar por sus calles estrechas le refresca la memoria.

 

 

 

FIN

Morelia, Michoacán. Julio de 2013.

 
Crisálida 1. Aguafuerte en zinc. 28 x 21 cm. 2013
 
 
 
X

 

En el barrio había dos locos. Uno, herrero, quería abrir el lado poniente de la calle, cerrado de manera natural a causa de una falla de la cantera que provocaba un desnivel de más de doce metros entre la última calle del centro y esta que era la primera calle de la Colonia, de manera que el barrio quedaba muy bajo. Le apodaban Rasputín, por su empeño lapidario, nombre que a la mayoría le sonaba como Rascutín, cosas de la gente. Era uno de los habitantes más viejos del lugar, razón por la que se consideraba patriarca del rumbo, no sin ironía.

 

El otro loco del barrio era un hombre que había trabajado la cantera y se había venido a instalar sobre las piedras altas en el extremo opuesto, sin permiso alguno y contra la voluntad de todos. Matasiete, le llamaban, y no es que el populacho hubiera leído El sastrecillo valiente de los hermanos Grimm, sino que el apodo denotaba cierto temor al personaje, que caminaba por el barrio con el gorro puesto, unos bigotes largos y una mirada de perdonavidas digna de un buen mote. Matasiete, a punta de marro y cincel quería abrir la calle en su lado oriente. Se accedía a la calle por una perpendicular que daba al centro de esta, de manera que había que dar un rodeo.

 

Estaba habituada la gente del barrio a dar ese rodeo, pero Rasputín y Matasiete no cejaban. El primero, cada domingo por la mañana, golpeaba la puerta de las casas para pedir a los padres le permitieran llevarse a los muchachos en edad de trabajar a tratar de echar abajo la cantera que obstruía el paso hacia arriba de la calle. Los padres, que bien lo conocían, obligaban a sus muchachos a prestar los músculos para la noble causa. Allá iban refunfuñando tras Rasputín, que se las arreglaba para horadar la roca y meter un cartucho de dinamita; cada domingo una carga de explosivos iba abriendo una fisura en el paredón, hasta que una mañana de esas pudo pasar libremente una persona. La persistencia del viejo logró demoler buenos trozos de cantera, ampliando la abertura lo suficiente para exigir que el Ayuntamiento enviara obreros a trazar la banqueta y la gente pudiera pasar. En el espacio sobrante se improvisó un basurero, así que olía mal siempre allí, había ratas y Rasputín merodeaba nervioso, pensando en el próximo fin de semana y el trozo de piedra que sería removido del lugar.

 

Matasiete iba despacio. Más astuto, labraba la piedra como lo habría hecho un Cromagnón, en forma de cueva. Como la ciudad llamada Petra, en Jordania, aunque esta nada hermosa, simplemente un hoyo en la roca. Varios años demoró en penetrar con cierta profundidad. El hombre trabajaba día y noche devastando la piedra, era admirable su esfuerzo, fuera cual fuera la intención. ¿Viviría dentro de la roca, sin ventanas, como un cavernícola? Así parecía. Bajaba de su casa improvisada sobre la roca y comenzaba el martilleo imparable. Paraba para ir a comer y volvía. No hacía más que eso, siempre en silencio.

 

A Damián le parecía insensata la tarea de uno y otro. Rasputín se paseaba por el barrio metido en un overol gris que parecía no haber sido lavado una sola vez, saludando a los vecinos. Matasiete no saludaba a nadie y caminaba en huaraches, viendo de soslayo a las personas. La abertura en la roca del lado poniente propiciaba una rápida salida de la calle hacia el centro de Morelia. Los hijos de Rasputín reclamaban el nombre de su padre para la calle, alegando el mérito del viejo metiche.

 

Matasiete logró perforar la mole de cantera con el paso del tiempo, cinco o seis años, voló el casco de la cueva y comenzó a edificar una casa con ladrillo, puerta y ventanas, al nivel de la calle, sumándose a la hilera de casas, naturalizándose en el barrio por derecho propio. No contento con eso, prosiguió con la cantera que aún impedía el paso hacia el oriente. En eso estaba cuando, tal vez por influencia de las acciones de Rasputín, el Ayuntamiento envío obreros a dinamitar la roca, de modo que se abrió la parte oriente, mientras la parte opuesta aún permanecía parcialmente cerrada. La indignación de Rasputín fue tal que convenció a los vecinos de acompañarlo a reclamar en masa. Divertidos de la ocurrencia del loco, fueron caminando al Palacio Municipal con él; los dinamiteros tardaron en llegar dos o tres semanas (andarían consiguiendo la dinamita), de manera que Rasputín enloqueció de verdad, entró a las casas y se llevó a los muchachos fuertes del barrio a echar abajo el muro aquel. Damián, que tendría diez u once años apenas, veía de lejos la muchedumbre arremolinada cavando un hoyo para meter el cartucho de pólvora. Jugaba futbol con sus amigos. El loco regresó a beber agua y al pasar por ahí insultaba a los niños por no estar en la demolición de la cantera. Los muchachitos lo ignoraron. El viejo persistía en insultarlos. Uno de ellos lo maldijo también. Como no se muere, viejo, se alcanzó a escuchar entre el peloteo de los demás. El loco se apresuró a continuar su tarea dominical. No pasaron veinte minutos cuando una ola de gente venía apresurada, cargando al viejo. Se había infartado. Los chamacos dejaron de jugar. Moriría más tarde Rasputín.

 

La calle no cambió de nombre. Se abrió, se pavimentó, muchos vecinos se fueron de allí. Matasiete es un anciano que aún vive en su casa bien cimentada. Con el tiempo llegaron otros a posarse sobre la cantera sin devastar, como pájaros agoreros. Los hijos de Rasputín, cuando la plática lo suscita, vuelven a la carga: esta calle debería llamarse como mi jefe. La gente lo recuerda como Rascutín; no creo que le pusieran así a la calle, de haber cambiado el nombre, piensa Damián. El apodo es perdurable, nos nombra el arraigo.

 
Dentro de la luz. Aguafuerte en zinc. 50 x 40 cm. 2008
 
 
 
IX

 

Luz María se cambió de casa. Sus padres habían adquirido una propiedad a seis cuadras del barrio. Venía por las tardes a visitar a la abuela y pasaba por donde estaba Damián platicando con algún amigo; se quedaba a unos metros, sin decir nada, esperando que le viera. Poco a poco dejó de ir de visita al barrio y Damián, cada vez más metido en sus materias y dibujos, salía poco de casa. El rostro de Luz María fue desvaneciéndose entre las visiones de las obras de pintores y escultores que acumulaba Damián en la cabecera de su cama, conde pasaba buena parte del día leyendo.

 

Era 1968. En el país había un temor generalizado al comunismo. La efigie de Guevara había cobrado una importancia tremenda y se veía por varias partes de la ciudad el graffiti de Hasta la victoria siempre. En tres años ingresaría a la Preparatoria. Había dejado de ser niño. La importancia de cuanto ocurría en el mundo era una demostración de que el niño Damián ingresaba en el mundo de todos, en el que era definitiva su colaboración, en la forma que fuera, y donde se vería cuánto había aprendido, si es que había aprendido algo en esos trece años.

 

Una conspiración comunista amenazaba el país, decían los noticieros, con la intención de impedir los Juegos Olímpicos, los Juegos de la Paz. Damián podía ver cómo la cultura griega, con sus símbolos y sus tragedias- ya había leído a Sófocles y Eurípides- seguía siendo una referencia de lo excelso, lo más notable, lo ejemplar. En Olimpia se realizaban justas atléticas 776 años antes de la Era Cristiana. En México habría una olimpíada ese año. El país se había endeudado con Francia para instalar la red de transporte colectivo METRO en la capital del país, que sería visitada por muchos países con motivo de los Juegos. Nadie supo sino años después lo que había pasado antes de la inauguración de la fiesta olímpica. Fiel a su costumbre, Damián descreía de lo que decían los noticieros. La ola comunista, a la que tanto temían, no era más que un velo que ocultaba algo más, se supo después: la matanza de estudiantes que marchaban pacíficamente a lo largo de la ciudad, en protesta por ciertos desacuerdos del gobierno con las demandas de los estudiantes del Politécnico, la Universidad Nacional y algunos grupos de intelectuales, obreros y amas de casa. El ejército mexicano (un soldado en cada hijo te dio…) disparó contra la multitud. Allá estaba su amigo Salvador, estudiando.

 

Era el año signado por acontecimientos impactantes. Damián iba sacando conclusiones, había crecido bajo el paraguas de Gombrich, los antiguos mayas, la excavación de Troya. Pero había más para su educación sentimental. Irónicamente, meses después de la masacre ordenada por Díaz Ordaz, la Organización de las Naciones Unidas declaraba en diciembre a 1968 como el Año Internacional de los Derechos Humanos.

 

L año siguiente ideó un juego de mesa, poniendo los hechos de 1968 a considerar:

 

·         Segundo trasplante exitoso de corazón, en Sudáfrica, bajo la dirección del eminente cirujano Chistian Barnard, en enero, al tiempo que inicia la invasión de Vietnam de parte del ejército estadounidense.

·         Reelección de Stroessner, dictador de Paraguay, mediante fraude electoral, en febrero, en el mismo mes en que se descubren 700 páginas de los cuadernos de Leonardo da Vinci, en Madrid, y USA bombardea Hanói, Vietnam.

·         Matanza de civiles en My Lai, en marzo.

·         Asesinato de Martin Luther King, en abril.

·         Mayo francés, en el mes de mayo, cuando en la televisión mexicana nace el programa En familia con Chabelo.

·         Atentado a Robert Kennedy, que muere al otro día, en junio, mientras la ETA aparece en la escena internacional al perpetrar su primer asesinato en la persona de un guardia civil.

·         Condena papal de la píldora anticonceptiva de parte de Paulo VI.

·         Toma de la Catedral Metropolitana de Santiago de Chile, por la Iglesia Joven, en protesta por la visita de Paulo VI. Ponen en el altar posters de Ernesto Guevara y Camilo Torres, en agosto, en tanto la URSS invade Checoslovaquia para liquidar la Primavera de Praga.

·         Linchamiento de cinco jóvenes estudiantes de la Benemérita Universidad de Puebla, en San Miguel Canoa, estado de México, en septiembre.

·         Golpe de estado en Perú, a manos del general Juan Velasco Alvarado., mientras se inauguran en México los Juegos de la Paz, diez días después de la matanza de estudiantes en Tlaltelolco, en tanto llueven tres millones de bombas sobre Laos, Vietnam, y aparece en el Álbum Blanco la canción Obladí obladá de los Beatles.

·         Se estrena, en diciembre, 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, como también El bebé de Rosemary, de Roman Polansky.

 

 

Solamente el último punto y parte del primero resultaban halagüeños. Proponía combinarlos en un cubilete y arrojarlos en la mesa. A ojos cerrados podía uno escoger uno. Según lo que te tocara en el papelito escrito te correspondería enterarte a fondo.

 

-Es un juego aburrido- decían uno de sus amigos.

-¿Qué caso tiene eso?- protestaba otro.

-Toma uno a ciegas- les pedía.

-Pero si todos son desastres- decía uno de sus hermanos.

-¿No tienes otra cosa en qué pensar?- encaraba uno de sus hermanos mayores.

-¿Qué quiere decir Vietnam?- preguntaba alguien con el papelito en alto.

-¿Hay premios?- alguien preguntaba.

-Sí. Les haré un retrato a lápiz a quien desarrolle el punto.

-Perdemos. Yo no sé nada de eso- decía otro.

-Yo solamente conozco lo de los Beatles- decía la hermana.

-Bitles- replicaba uno de sus hermanos menores- ¿verdad?

-Obladí Oblada- contestaba Damián.

 

Todos rieron. Era terrícola, comentaron. Damián era terrícola. Aunque se había vuelto insoportable, siempre pidiéndoles que pensaran un poco, era de este mundo. Todos sabían que esas fechas eran veraces, no las había inventado nadie. Decididamente era un juego perverso. Esa era la herencia con la que vivirían en adelante. Jugaron.

 

-Cómo has cambiado, hijo- decía su padre.

-¿Dónde está mi hijo calladito?- se acercaba mamá a darle un beso en la frente, mientras depositaba un plato humeante de arroz con rodajas de plátano.

-Aquí, mamá- señalaba el centro del pecho de su madre.

 

Eran las dos de la tarde.

Semanas después se quedaría a cuidar de su padre que había tenido un accidente en carretera. Para él no era ningún trabajo hacerlo, acostumbrado como estaba a quedarse en casa mientras sus compañeros de la misma edad se adueñaban de la calle, de las muchachas, de los juegos cada vez más parecidos a la guerra, una guerra de niños, pero finalmente una guerra.

 

Esa tarde pasó Luz María por el barrio. Había crecido y dejaba de ser niña también.

 

-¿Cómo estás?- pregunta.

-Bien, muy bien.

-¿Qué haces?- insiste

-Cuido a mi padre.

-Siempre fuiste atento con tus padres. No me extraña- sonríe la muchacha.

-Gracias, Luz María.

 

Pronunciaba su nombre como un abracadabra, para transportarse a un lugar donde pudiera respirar a fondo. Esa tarde ella aceptó comer una paleta de hielo juntos, afuera de la casa de Damián. Le pidió que la visitara en su barrio seis cuadras abajo. Cualquier día de estos, dijo Damián. Okey. Era una palabra de moda. Okey. Ella le besó la mejilla y notó el sonrojo de Damián. Prefería las palabras antiguas, no las nuevas. El tiempo, pensó corre de prisa ahora. Hasta luego, decía agitando su mano fina Luz María. Okey, respondía él, sonriente, seguro de que volverían a estar juntos, sentados en alguna piedra, platicando sin ton ni son, seguro él de que había mucho que platicar, segura ella de que le sería devuelto el beso, quién sabe.

 

Ixquic desobedeció.

Había un árbol.

Los señores del infierno habían prohibido acercarse a este árbol.

Tomó una jícara del gran árbol que habla, donde estaba la cabeza de uno de los antepasados de Hunahpú e Xbalanqué.

La cabeza que ella había tomado le dijo unas palabras y escupió sobre su mano.

Quedó preñada.

La cabeza prometió una progenie divina.

Sonreía.

 
Dentro de la luz. Aguafuerte en zinc. 40 x 50 cm. 2008
 
 
 
VIII

 

Había jugado poco. Sus hermanos se alejaban de casa para ir al Bosque, al cerro, a la loma de Santa María. Los mayores pasaban largas horas en la calle, los pequeños jugaban en la banqueta. Él jugaba muy poco. Había crecido pegado a sus lecturas, a sus dibujos, cegado por el aroma de la cera de los crayones en el Jardín de Niños y absorto en seguir el trazo del lápiz en el papel blanco; antes de comenzar cualquier dibujo permanecía largo rato ante el blanco absoluto de la hoja, tratando de hacer venir cualquier cosa que pudiera dibujarse… y casi todo podía dibujarse. Lo que no era capaz de trazar lo buscó en el poema de su primer libro, en la mitología descrita en el diccionario, en las imágenes del libro de Arte.

 

Lo que de verdad le había sorprendido era ver un hombre muerto en la fotografía de la revista. No tenía noción de eso. Sabía que la abuela, el abuelo, algún vecino, habían quedado para siempre dormidos y eso era morir. Ver un hombre mutilado, casi en harapos, dispuesto para que todo el mundo lo viera es diferente, hace de la muerte un suceso que avergüenza, mortifica. La imagen en estos momentos estaría dando la vuelta al mundo, convirtiéndose en emblema para algunos, en estigma para otros. Hasta la victoria siempre. ¿Era eso la victoria? Para Damián no había más victoria que seguir vivo, sobre todo en momentos como el presente, que iba llenándose de emociones profundas. Ver los ojos de Luz María y querer vivir muchos años era una sola cosa. Nada sabía del trabajo, de los vínculos que se crean entre personas y los hacen responsables mutuamente, de tener una casa donde vivir, pagar los servicios, tener hijos. Nada sabía sino que había que apartarse para estar con él mismo. Sus juegos eran mentales. Dentro de su mente era libre de ir a donde él quisiera; por esos días había comenzado a leer libros acerca del orden de las estrellas, no para buscar oráculos, adivinaciones, sino para medir las proporciones entre la vida humana y la vida en un sentido tan amplio que no alcanzaba a abarcar con su imaginación.

 

Una estrella podía tener una vida larguísima, de millones de años. Cien años para él era mucho, aunque en el barrio se decía que una vecina había vivido ciento tres años; inimaginable resultaba la cifra de un millón de años. ¡Cuántos sucesos pueden contarse en un millón de años! No se diga vidas humanas. Se hablaba poco de esa relación. En la clase de física no se enseñaba, por ejemplo, la Relatividad, la fisión atómica ¡Y hacía veintidós años que habían arrojado la bomba atómica en Hiroshima! Iban atrás de sus lecturas las lecciones de sus maestros. Era cierto, su soberbia le había arrastrado a saber más, a meterse en los libros y revistas con una pasión ejemplar.

 

Por lo mismo, no le resultaba admisible cantar el Himno Nacional cada lunes bajo el sol de las dos de la tarde. Algún alumno invariablemente se desmayaba. Y querían que uno sintiera amor a la patria. Qué es la patria, preguntaba a sus maestros. La tierra donde naces. Entonces mi patria es mi barrio en aquella ciudad fría con un volcán nevado en el llano, esa es mi patria. Nací en la casa, no en un hospital; una mujer acudió en auxilio de mamá para que yo saliera de su vientre; otra vino a darme leche de su seno, porque mamá no tenía para alimentarme, así que los calostros me los dio la nodriza, la nana. ¿Y la bandera, y el himno?. No te compliques, hombre, decían sus amigos. Pero no para todos es tan sencillo. Damián advertía que la letra del himno ya no decía nada relacionado con su vida y la de sus compañeros; se refería a un grito de guerra, a que Dios en cada uno de los mexicanos era un soldado. ¿Yo un soldado? Horrorizado se veía cargando un rifle y teniendo que disparar a un semejante, fuera quien fuera. Estúpido ir a matar a quien se pusiera enfrente… para defender la patria. Defender. Nada había que defender. Pero quedaba la incógnita del Che cada vez más nítida. Damián quería saber. Por una extraña asociación le vino a la cabeza el montón de estampas bíblicas que mostraban el árbol del conocimiento en el Jardín del Edén. Había un árbol del conocimiento en esa mitología. Donde él veía dos desnudos, masculino y femenino, otros veían el conocimiento. Las figuras mantenían ocultos los genitales, inhibidos por la presencia de Dios Padre que les expulsaba del Paraíso. Damián, a tus casi trece años te preguntas cosas sin respuesta. El conocimiento correspondía a la culpa. Saber te hace culpable. Esta vez no tenía vértigo; una oleada de indignación asomaba a su rostro. No saber, permanecer inocente, esa era la manera de hacerse querer, de que todo mundo te aceptara. Saber era prohibitivo, como faltar a clases, como sustraer dinero del cajón del ropero, como mentir… y hacemos todo eso, sin que nadie se altere. Pero saber ofende, lo he visto.

 

Era eso. Lo prohibido. Estaba prohibido el desnudo del cuerpo humano. La verdad es la desnudez. Preguntar por la pertinencia del Himno Nacional era poco más que una desobediencia, era una ofensa. No podía dudarse de la sabiduría de un himno, una creación musical y poética que expresa a todo un pueblo, simplemente no estaba permitido. Tenías que cantar el himno, te gustara o no. Un himno bélico, sin más. ¿Y la libertad? No digas idioteces, le decían los amigos.

 

Himnos, prohibiciones, órdenes. De pequeño había entonado el Himno Nacional sin chistar, mecánicamente. Había obedecido y era muy querido por sus maestros y sus padres. Un niño bueno. Le asaltó la idea de que estaba dejando de ser niño, al menos un niño del que sus padres estuvieran orgullosos. Una imperceptible distancia lo iba separando del niño resignado. La elocuencia que ahora le caracterizaba incomodaba a sus padres y a sus amigos, a sus maestros. Solía levantar los hombros en estos casos. Veía a la distancia cómo había sido educado y cómo él se había ido formando por su voluntad. Nadie jamás le había hablado de la existencia de dos mil años de Arte. Nadie le había mostrado la existencia de la poesía sino para exaltar la patria, los valores, el deber, el sacrificio. Nadie le había mostrado ningún acceso a la verdad ni le había dicho que no éramos libres. Su país se había ido integrando a base de matanzas indecibles, siempre guerras de mexicanos contra mexicanos. Y al final cada uno se educaba a sí mismo.

 

Preguntar por la sensatez de un himno belicoso le había llevado a cuestionarse. No somos libres, pero podemos tomar nuestra libertad. Nadie nos dará absolutamente nada que no nos cueste. Saberlo le hacía fuerte. Había acertado a ciegas cuando decidió hacerse dibujante, meterse en aquella librería, pero había acertado y era lo que importaba; para preservar su libertad tenía que anticiparse a toda prohibición, a toda fuerza que no le impulsara a continuar. Sus dibujos no lastimaban a nadie. Leía sin que por ello sufriera un semejante. ¿Entendería esto Luz María?

Con ella hablaba mucho, demasiado. Sus momentos eran armónicos, de una tersura que se desvanecía cuando se separaban y él volvía a sus deberes, ella a los suyos. Por breves momentos llegó a creer que era la felicidad, pero se evaporaba al no estar con ella. No fue capaz de plantearle sus dudas, dedicado a ver en sus ojos una viveza desconocida, una invitación a contener el flujo del tiempo, el imparable flujo del tiempo. ¿No será otra mentira? El tiempo no fluía, simplemente era la medida del curso de los planetas en torno al sol, había escuchado a su maestro de Física. El tiempo humano es la medida del día y la noche. Veinticuatro horas diarias. Irrebatible. Pero cuando quería que pasara el tiempo este parecía dilatarse, alargarse. La conciencia del tiempo, pensarlo, era la diferencia. Un amigo mucho mayor que él había dicho algo que guardaba en su cabeza y saltaba de vez en cuando: si te quedas cien años recargado en el muro podrás traspasarlo, con todas tus moléculas intactas. ¿Era así? Cien años son muchos. Pero, evidentemente, no se trataba del número de años, sino de un asunto de Física. Las moléculas tienen espacios entre sí, que se ordenarían al cabo del paso al otro lado. Estaba hablándole de una ciencia que pocos abordaban y que no recordaba cómo se llamaba.

 

Los geólogos encontraban vestigios de miles de años atrás cuando escarbaban en ciertos lugares. Pensándolo bien, bajo sus pies, Damián intuía los restos de mastodontes, sus huesos, sus colmillos, algunos metros hacia el fondo. Sonaba lógico, lo mismo que ir hacia atrás en el tiempo mas en forma vertical, no horizontal. Pensaba, Damián pensaba. Si lograra ir tan atrás en el tiempo vería la esfera luminosa de que hablaba el poema. Sabía que era una metáfora, una imagen, una sugerencia, una licencia poética, pero aludía a algo que había ocurrido, a un principio. Le decepcionaba no poder hacer ese ejercicio. Su mente se cansaba por el esfuerzo y le producía un malestar que no cejaba ni cuando iba al encuentro de Luz María.

 

Por esos días volvió a ver a su amigo mayor, quien le entregó otro libro. Para ti que te gusta leer, dijo. Era extraordinario lo que sucedía en su vida. Parecía oportuno volverse a encontrar con su amigo, ahora con un libro de un tal Calvert, escrito en 1863. Más de cien años antes. Damián se quedó a platicar durante toda la tarde con Salvador, que tal era el nombre de su amigo. Luego de sendas muestras de afecto, el amigo le expuso el asunto del libro.

 

-¿Por qué convives tanto con personas mayores que tú?- había dicho mamá a la hora de comer.

-Aprendo, mamá. Mis otros amigos me aburren.

-Pero los mayores tiene otras experiencias. ¿Entiendes cuanto te dicen?- preguntaba inquisitiva.

-Totalmente, como te entiendo a ti, a papá, a los señores del barrio, a mis maestros.

-¿Qué te enseñan?

-Piensan, mamá, piensan.

-¿Te gusta pensar?- La mamá cada vez más contrariada.

-No te imaginas cuánto, mamá.

 

Aprender a pensar. Santo Cielo, ¡pensar!. Resultaba apasionante irse despojando de dudas, de incertidumbre, de tantear a dar en el clavo. El pensamiento claro te conduce por caminos de un enorme placer y te evitas muchos problemas porque sabes por dónde ir. Sin un pensamiento claro no te será posible hacer tuya la libertad de decidir, no podrás, y estarás en manos de otros. A esa libertad me refiero, hubiera querido decirle a mamá, pero ella también levantaría los hombros pues tenía que lavar la ropa, preparar la comida, planchar la ropa, ir al mercado…

 
Entramparon a uno de ellos, hasta cubrirlo con el peso de la montaña más alta, engañándolo antes con un gran cangrejo fabricado con detritus.
Su egolatría lo llevó a caer en el abismo, donde yace.
Zipacná era su nombre, hijo de Ucub Caquix.
Hunahpú e Xbalanqué, justicieros y traviesos, sepultaron al último de los soberbios que llegaron a creerse tan poderosos como los Señores del Cielo.
Solían hablarse alegremente y así cumplieron su tarea divina.

 

La estrofa del Popol Vúh venía a su memoria. No pensaba más en el poema y este venía. Qué lo hacía concurrir, no lo sabía. Lo que ahora se desplegaba ante sus ojos era el texto de Calvert en el que se demostraba la existencia de Troya. Homero había escrito la epopeya de aquella ciudad invadida, devastada por los griegos tras cruzar vertiginosos el Mar Negro con el regalo del caballo de madera. Troya había existido. Hasta ese momento no era sino un poema como el de los antiguos mayas. ¿Encontrarían los arqueólogos el inframundo de los señores de Xibalbá? Sería una locura. Imagínate, Luz María, la cólera de Aquiles no solamente era real sino poética. Mito y realidad, aunados por la arqueología. Esos señores que desentierran huesos, pulseras, cetros, ofrendas, de pronto vienen con un trozo de historia a decirnos que Agamenón realmente estuvo allá dirigiendo aquella guerra para rescatar a Helena, hija de los dioses.

 

Pero luz María no escuchaba sino los sonidos. Para ella era suficiente con ver a Damián sentado con ella en aquella piedra cerca de su casa. Nada le importaba sino permanecer en ese sitio, mecida por la voz de su amigo más entrañable. Damián relataba los pormenores de La Ilíada y La Odisea, ahora con observaciones traídas del libro de Calvert. La historia era cierta. Lo hablaría con su maestro de Historia, a quien sorprendería la audacia del niño al meterse en esas lecturas tan especializadas; ligar una cosa con la otra no estaba en el entendimiento de su maestro, simplemente; él daba su clase y se retiraba a otro grupo, día con día, hasta cubrir el temario completo. Nada de lecturas extra, no. Damián se daba cuenta de que no era posible si no le mostraba el libro, lo cual ofendió a su maestro de Historia Universal.

 

Se describían las excavaciones, los millones de dólares invertidos, el escepticismo de la mayoría, y los resultados contundentes del arqueólogo que sostenía una convicción apegada a la letra de la obra homérica. Un caso antológico, un evento fuera de serie. Extrañaba a Damián no haberlo encontrado en LIFE en español. Su amigo regresó a la ciudad de México; estudiaba en el Instituto Politécnico Nacional. Damián estaba complacido con el regalo. Definitivamente, los libros serían sus inmejorables amigos por siempre, estaba decidido. El mito, entonces, tenía una base de verdad, era enteramente humano. La metáfora era la forma de hacerlo atractivo, intenso, sobresaliente, pero los hechos eran verdaderos. El arqueólogo supo conducir una excavación en un terreno donde no había vestigios aparentes de un pasado; había ido hacia atrás a su modo y había dado con la fuente, el origen, de una obra literaria. La imaginación proviene de algún fragmento de lo real, no de todo lo real, sólo de un fragmento. La cultura era pues un montón de fragmentos reunidos, en relación íntima.

 

Se dispuso a dibujar algunas imágenes de la mitología griega, pensando en las divinidades casi humanas de aquellas descripciones. Dionisios, Apolo, Hermes, Zeus, Neptuno, Athenea, Ceres, Hécate… dioses que otorgaban o negaban alguna gracia a los mortales. Bellas imágenes que hacían pensar en la sencillez con que podía accederse a la parte divina de cada uno. Imágenes simbólicas, representaciones de una idea, la idea de trascendencia. Todo cuanto hacemos trasciende, tiene consecuencias. En Grecia se originó esta manera de exponer las ideas, a base de figuras divinas con apariencia humana. En los libros de Homero era sencillo ver el destino humano en manos de los dioses. Pero los dioses habían sido creados por gente que vivía una vida común, aunque inteligente. La capacidad de generar mitos es una muestra de inteligencia, había dicho Salvador.

 
Titanes y monstruos fueron sometidos por los gemelos.
Los Señores del Cielo conocían el alma de los hermanos
Su risa agradaba a los Señores.
A la llegada del crepúsculo habían terminado con todos los soberbios de la tierra.

   

 

Inteligentes los antiguos mayas, pensó Damián. Habían escrito en símbolos. Su texto hablaba del tiempo, no de la historia. Le gustaba, claro que le gustaba esa forma de decir las cosas, como cuando los amantes se confiesan su amor utilizando el corazón como metáfora del sentimiento. No se ama con el corazón, pensaba, sino con el símbolo. Una manera de razonar que a él mismo sorprendía. La brecha que lo separaba de sus contemporáneos se abría cada vez más. Llegaba a los trece años ya y sus amigos le parecían más niños, atrapados entre el desparpajo y la poca seriedad, siguiendo los partidos de futbol, peleando con los otros barrios, bebiendo alcohol para ser admitidos en los grupos de los grandes, ansiosos por que les brotara el bigote, el vello púbico. Querían ser hombres y se habían estancado en una infancia cretina, insulsa… y permanecerían en ese estado por siempre.